CENTROS, PERIFERIAS Y NARRATIVAS ARTÍSTICAS

por C.D.J. 1

Noviembre 2011

Al analizar la propuesta de la Bienal de Arte Urbano de Cochabamba, se me despierta una alarma en relación al vínculo entre los centros económicos y las periferias. Bolivia es un país en el que no ha habido un desarrollo del arte contemporáneo paralelo al surgido en torno a los grandes centros del arte como París, Londres o Nueva York, que coinciden con los núcleos económicos del mundo capitalista.

El trayecto crítico con la narrativa renacentista de la historia del arte basada en la mímesis va forjándose en el modernismo, inicia su paso tambaleante en las vanguardias y desemboca por un desarrollo lógico en el cuestionamiento de la legitimidad de las instituciones que desde el siglo XVIII albergan, como custodias únicas, esas obras cuyo paradigma se ha venido poniendo en tela de juicio. Estas tendencias eclosionan hacia finales de los sesenta con la aparición de la Crítica Institucional, movimiento representado por Haans Haacke, Marcel Broodthaers o Daniel Buren, entre otros. La corriente se ramifica, evoluciona, y se podría decir que el arte urbano hereda el potencial contestatario de la Crítica Institucional que, según algunos de sus propios practicantes, quedó frustrado al ser absorbido por la propia lógica de museos y galerías[1].

Con esto, se llega a la paradójica situación actual, en la que son los propios guardianes de las instituciones quienes generan este debate para acabar saliendo fortalecidos, en una suerte de camino inverso[2] en el que las obras de arte, después de renegar del establishment artístico, vuelven a casa cual hijo pródigo en medio de grandes fiestas que celebran el graffiti, los stencils, las performance y demás miembros de la familia inconformista. Todo un viaje intelectual e historiográfico que no vamos a analizar y menos a juzgar, pero que, para lo que aquí nos incumbe, se limita geográficamente a las grandes capitales y centros de creación cultural, que coinciden con los grandes núcleos económicos.

El cuestionamiento que se plantea está ligado al peligro de implantar soluciones ajenas, que surgieron hace varias décadas y en otros lugares, como respuesta a otras problemáticas. Es decir, hemos de tener en cuenta la coyuntura del arte contemporáneo en Bolivia y la ausencia de una trayectoria crítica con las instituciones museísticas. Estamos hablando de una “bienal”, con toda la herencia que el término conlleva en cuanto a su tradición organizativa y su relación con los circuitos comerciales internacionales. Por otro lado, de los representantes del arte urbano más reconocidos cuya identidad se conoce, la mayoría son personas de origen europeo o estadounidense formadas en facultades de arte o institutos de diseño. De ahí que al oír hablar de una bienal de arte urbano en una ciudad como Cochabamba suene esa primera alarma de la que hablaba, la que surge ante la posibilidad de trasladar planteamientos ajenos al contexto. Dicha eventualidad sería especialmente notable teniendo en cuenta los principios del mARTadero, que hacen especial hincapié en la importancia de la inclusión del contexto en las obras y del calado social de las propuestas surgidas del proyecto.

Y aquí es donde las dudas conducen a un punto muerto, porque, ¿se puede criticar una iniciativa de arte contemporáneo en un país en el que estas no abundan, simplemente por el hecho de estar excesivamente emparentada con tradiciones artísticas no locales? ¿Habría algún modo de intentar congraciar un planteamiento como una bienal de arte urbano con un contexto ciertamente alejado de los circuitos y las narrativas del arte contemporáneo? La alarma que menciono anteriormente está más relacionada con la propia calificación de la propuesta que con el desarrollo práctico de la misma. De hecho, hay ciertas premisas en la organización de la Bienal que hacen presentir que esta tiende a alejarse de esas “trampas” que mencionaba anteriormente. Hay un hecho fundamental que indica esta dirección y es la ausencia de comisario. Efectivamente, los artistas que han participado en la Bienal lo han hecho tanto por invitación como presentando su candidatura; la elección de la temática de las obras y de su emplazamiento ha sido totalmente libre, hechos que se alejan total y radicalmente de una bienal al uso y que dejan un mayor margen para la interacción con el espacio y la sociedad, así como para la libertad de cuestionamientos.

No veo manera de esquivar la tan traída y llevada “globalización”. En un mundo totalmente globalizado económicamente y cada vez más culturalmente –las dos caras de la misma moneda– una propuesta como la Bienal de Arte Urbano de Cochabamba es un hito en un camino que, tarde o temprano, acabará siendo ampliamente transitado. Pero la cuestión es, y acabo esta disertación con preguntas, ¿es posible hacerlo respetando las coyunturas locales? ¿Cómo se puede gestionar el vacío entre propuestas contemporáneas cuya raíz es ajena y las narrativas culturales propias?

1 Este artículo en un aporte al pensamiento colectivo y progesivo del proyecto mARTadero sintetizado por Carla Díaz Juhl [3]. 

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[1] Andrea  Fraser: From the critique of institutions to an institution of critique. Art Forum. Septiembre, 2005. http://findarticles.com/p/articles/mi_m0268/is_1_44/ai_n27860623/

[3] Carla Díaz Juhl ha realizado estudios de Historia del Arte y es traductora profesional.